Poesías preferidas I (Vida retirada, de Fray Luis de León)


Este año tengo una asignatura de Historia del Arte que se llama “Textos Literarios del Siglo de Oro”. La parte que más me está gustando, de lo poco que he visto hasta el momento es, sin duda, la poética, donde puedo volver a leer, esta vez con más criterio, los poemas más perfectos que se hicieron desde que surgió la figura de Garcilaso. Esos textos me han recordado una idea que tenía desde hace tiempo en mente, la de ir colgando y comentando brevemente en el blog mis poemas preferidos.

El poema que abre la serie es el titulado “Vida retirada” y es de Fray Luis de León, nacido en Belmonte, Cuenca, alrededor de 1527 -año del famoso Saqueo de Roma por las tropas del emperador Carlos- y muerto en Madrigal de las Altas Torres, Ávila, en 1591 -el mismo año que murió otro gran poeta y alumno suyo, San Juan de la Cruz y año del nacimiento de uno de mis pintores barrocos españoles preferidos, José de Ribera-.

Sólo con la primera lira este poema podía haber pasado a la historia de la poesía en lengua castellana:

¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

La figura de Fray Luis es conocida por el gran público gracias a una tragicómica anécdota. Una vez que cumplió su pena y salió de prisión tras cinco años encerrado injustamente por causas de rivalidades eclesiásticas, volvió a su cátedra en Salamanca, y empezó la clase con la frase: “Como decíamos ayer…”. Genio y figura.

Otras frases suyas son: “Los pastores serán brutales mientras las ovejas sean estúpidas.”, “Para hacer mal cualquiera es poderoso.” o esta tan budista como “Estar en paz  con uno mismo es el medio más seguro de comenzar a estarlo con los demás.”

Ahí va el poema completo; ¡ah! se me olvidaba comentar una cosa muy importante: los poemas son para leerlos en voz alta -o para cantarlos- no sólo para leerlos mentalmente; probadlo y veréis la diferencia. Ahora sí, espero que disfrutéis de su lectura:

¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado
ni del dorado techo
se admira fabricado
del sabio Moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presa a mi contento
si soy del vano dedo señalado?
¿Si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh rio,
o secreto seguro y deleitoso!
Roto casi el navío
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiérteme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no a los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atentido.

Vivir quiero conmigo
gozar quiero del bien que debo al Cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas , de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado, tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.

Téngame su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el álbrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna , al cielo suena
confusa vocería
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
con sed insaciable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce acordado
del plectro sabiamente meneado.

MAAT

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Acerca de dibujarconluz

Fotógrafo aficionado y aficionado a mil cosas.
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