Ricardo III en el Palacio Valdés


Acabo de ver en el Teatro del Palacio Valdés -como un avilesino más ávido de “vidilla teatrística” en la comarca del Niemeyer- el famoso drama histórico de Shakespeare, Ricardo III. Desde la libertad que da escribir en un blog y dando el punto de vista de un espectador medio, sin ser un experto -dios me libre-, un intelectual -haberlos haylos- o un periodista -recomiendo siempre leer las críticas teatrales de Saúl Fernandez en La Nueva España-, puedo decir que la experiencia estuvo más que bien, pero sin llegar al “orgasmo intelectual” o algo para recordar durante toda la vida. La obra, una de las cumbres del teatro inglés, no voy a decir yo que esté un pelín desfada, o que se haga un poco larga, o que se intuya desde el primer y brillante diálogo cuál va será el destino del protagonista. Eso es cuestión de gustos, afinidades, experiencias anteriores y demás circunstancias que hacen que una obra de ficción sea algo subjetivo, y por tanto personal. Como casi todo, en esta vida. Sinceramente, no sólo me pareció una representación excesivamente larga -3 horas y media-, sino que la grandísima actuación del actor norteamericano Kevin Spacey hace que las escenas en las que no sale se le eche de menos y disminuya -por su exuberancia y fuerza arrolladora- la interpretación del resto del elenco, por otra parte actores muy reputados que rozan la brillantez en algunos momentos. Sin Kevin, la función pierde muchos grados Kelvin de temperatura absoluta. Aparte de la brillante actuación del discípulo de Jack Lemmon, me quedo con la escena en que se “deja” convencer por su aliado Buckingham para ser rey de Inglaterra; en esta parte, muy amena, una pantalla gigante juega aún más a favor del ganador de dos premios Óscar de Hollywood, ya que nos sitúa en una especie de cine dentro del teatro y le vemos en primer plano, jugando con la complicidad del espectador haciendo gestos y muecas que difícilmente son percertibles desde el patio de butacas. La música, exclusivamente ejecutada con instrumentos de percusión es todo un acierto, así como los escenarios, austeros y con una iluminación exquisita. El público, la mayoría entregado antes de comenzar la obra, resultó ser la guinda perfecta.  La Tempestad, representada hace unos meses en el mismo sitio, por la misma compañía y sin tanta publicidad, me pareció mejor, en líneas generales.

El genio de Stratford-upon-Avon,  no es Mozart -ni siquiera Wagner- y 3 horas y media, incluida  una breve pausa para estirar las piernas, es demasiado tiempo para una obra de este tipo. No estamos acostumbrados. El ritmo de la obra es, en ocasiones, muy lento.  Igual que una película de más de horas y media puede hacernos dudar de si es una obra maestra o realmente es un tostón, las sensaciones -sobre todo antes del descanso- fueron muy parecidas. Igual por eso La Tempestad, más breve -aunque realmente no tengo recuerdo de su duración, cosa que indica que fue la justa- la recordaré con más cariño. El vestuario moderno, el uso de objetos contemporáneos o las soluciones ingeniosas, como la mesa durante la noche de antes de la batalla,  son recursos que gracias a Sam Mendes, su director, ayudan a pasar mejor una velada que si llega a ser propuesta  de una manera más convencional a más de uno le hubiera costado seguir atentamente.

Por último, no sé si fui yo o a alguien le pasó lo mismo, pero no me sentí identificado con los reyes de Inglaterra, ni con los hermanos de Ricardo, ni con sus sobrinos, ni con la Guerra de las Dos Rosas, ni con los York, Lancaster, Eduardos o reinas destronadas. Cuestiones históricas o culturales, tal vez. Who knows?

Le pongo un 8 sobre 10. Pero los actores, la obra, el sitio, el director y el precio de la butaca eran de 11 sobre 10.

De todos modos lo mejor es ir a verla, ya que aún hay un par de funciones en Avilés, hoy mismo, día uno de octubre de 2011, y que cada uno dé su opinión. Merece la pena ir a verla, eso desde luego, y si se tiene bien el cuello, mejor que mejor…

¡Mi reino por un caballo!

MAAT

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Acerca de dibujarconluz

Fotógrafo aficionado y aficionado a mil cosas.
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