Cuento de Navidad


Como cada año al llegar el mes de diciembre, don Alfredo recorría las tiendas de la ciudad en busca de sus artículos preferidos. Ataviado con su viejo sobrero, trenca, guantes y bufanda -soportaba cada vez peor el mal tiempo- se acercaba hacia  La Internacional para que Cosme, el empleado que llevaba ahí trabajando desde que era casi un niño, le  preparase una tabla de ahumados; al final de esa misma calle, donde el viejo kiosko de la música, Arturo, el frutero, le escogía con mimo, un racimo de uvas diminutas. Otro de los días madrugaba para llegar de los primeros a la Administracion de Loterías del centro, la de la viuda de Gómez-Pérez  y recoger un serie entera para el sorteo del día 22. Siempre tuvo la esperanza, pese a que nunca le tocó gran cosa, de que su número saldría algún día del bombo ganador. Asimismo su turrón preferido lo tenía reservado desde octubre en la confitería Sabroso, donde su dueña, que la llamaban la sabrosita, empaquetaba sus productos con tan buen gusto que a la gente le daba pena abrirlos de lo bien adornados y bonitos que los dejaba.

En un folio amarillo don Alfredo iba tachando todas aquellas cosas que iba adquiriendo con el paso de los días, mientras que con un rotulador rojo subrrayaba aquellas otras que consideraba las más importantes de las que aún faltaban por hacer. No pasaba un día sin eliminar dos o tres de las anotaciones de su lista. Tampoco se olvidaba de ir a ver el belén del ayuntamiento -el mismo de todos los años; apenas se notaban los cambios en las legislaturas-, ni de asistir al festival de villancicos, que como siempre con un gran éxito de público, organizaba don Pedro, el cura de la parroquia. En el mercadillo tradicional, el que ponen siempre en la plazuela chica, don Alfredo recorría, minuciosamente todos y cada uno los puestos de artesanía local, comprando, como casi siempre, y cuando ya estaban a punto de cerrar, un par de figuritas para su nacimiento y una planta de Navidad en la tienda de flores que habilita la floristería Ramos durante esos días.

Los niños de la escuela vecina, capitaneados por los de los cursos superiores, tras finalizar una de sus numerosas batallas de bolas de nieve, se apostaban en los alrededores del gigantesco abeto natural que don Alfredo solía adornar cada año con guirnaldas y luces de colores y entonaban canciones navideñas, alegrándole las tardes con  su inocencia infantil.

Como recompensa les  preparaba una buena merienda: dulces tradicionales y un vaso de chocolate caliente extra de azúcar. La espesa capa de nieve que este año acabó tapizando los jardines de la ciudad permitíó que los niños le hiciesen un gran muñeco blanco vestido con ropas viejas, una zanahoria por nariz, carbón por botones y hasta un gorrro raído que hacía que el muñeco de nieve tuviese verdadera personalidad. Los niños y don Alfredo se lo pasaban en grande.

Desde que enviudó pasaba todas las Navidades de la misma manera, y en la ciudad, una pequeña ciudad de provincias, la diminuta figura de don Alfredo se convirtió en una tradicion navideña más.

Pese a haber pasado de la misma manera muchas navidades, don Alfredo sabía perfectamente que esta Navidad sería muy especial. Algo en su interior le estaba indicando que ésta sería muy diferente a las anteriores; sería la mejor y la más recordada de todas: su última Navidad. No se sintió mal,  ni triste ni apesadumbrado, sino más bien alegre por dentro. En su corazón había un fuego intenso que llameaba con mayor pasión e ilusion por las fiestas navideñas. Vivir sabiendo que esta iba a ser su última Navidad le hizo disfrutarla aún más.

Pasaron Nochebuena y Navidad y todo parecía desarrollarse como siempre, con gran ilusión, pero sin grandes cambios. Sin embargo, cuando quedaban un par de días para acabar el año, le pareció que alguien había llamado a la puerta de su casa. Don Alfredo abrió la puerta, pero no vio a nadie. Cuando se disponía a volverla a cerrar, porque la brisa era fría e intensa esa mañana, pudo ver a un niño que jugaba, desnudo, en su jardin. Con unos palos de madera dibujaba signos y figuras en la nieve. Le estuvo observando durante un buen rato, hasta que el niño se puso de pie, miró a don Alfredo y le dijo: ¿vamos?

Un escalofrío -que recordaba haberlo intuido- le recorrió todo el cuerpo. Lentamente se fue hacia el Niño, que lo estaba esperando con una manita alzada.

Don Alfredo, consciente de alguna manera de que este iba a ser su último acto, cogió la mano del niño y se fue con él.

Tienes las manos calientes pese a haber estado jugando con la nieve, le dijo mientras se alejaban de la casa y se metían en una especie de niebla. El Niño, que tenía unos ojos enormes, asintió con una dulce sonrisa cómplice.

Una lágrima de alegría resbaló por sus ancianas mejillas derritiendo parte de la nieve.

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Acerca de dibujarconluz

Fotógrafo aficionado y aficionado a mil cosas.
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3 respuestas a Cuento de Navidad

  1. kasansass dijo:

    Es muy bonito, me gusta como escribes Miguel, se te da de lujo enserio. Por cierto “Alfredo recorría, minucionamente todos y cada uno los puestos de artesanía local” Sera minucioSamente no? 😉
    Me encanta.

  2. Juaco dijo:

    Enternecedor. Un cuento muy apropiado pa estas fechas, aunque yo no creo en el espíritu navideño y menos en la navidad.
    Un saludo.

  3. Miss. Murrow dijo:

    Mr. eres un artista, solo puedo decir que a mi también se me escapo una lagrimilla…un saludo ; )

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